Antioquía reporta un caso extraordinario.
Lucas, médico reconocido, observador meticuloso de pulsos y heridas,
ha sido visto cambiando el olor del ungüento
por el perfume de la esperanza.
Fuentes cercanas confirman que no dejó de ser médico:
simplemente amplió el diagnóstico.
Descubrió que el cuerpo sana…
pero el alma también sangra.
Lucas comenzó a escuchar historias
como quien ausculta el pecho de la humanidad.
Tomó nota del temblor de los pobres,
del llanto de las mujeres olvidadas,
del suspiro de los extranjeros,
del silencio de los pecadores.
Dicen que siguió a Jesús
no con espada ni redes,
sino con mirada clínica y corazón atento.
Observó cómo el Maestro tocaba leprosos
sin guantes,
cómo devolvía dignidad
antes que movilidad,
cómo sanaba primero el nombre
y luego la carne.
Este médico redacta informes celestiales.
Habla de un buen samaritano
que entiende la herida antes que la ley.
De un padre que corre
cuando debería castigar.
De un ladrón que, aun sangrando,
recibe paraíso.
Último reporte:
Lucas continúa su investigación.
Ahora documenta no solo la vida,
sino el fuego que cayó después.
Le llaman Hechos,
porque la fe —según él—
no se teoriza,
se vive.
El médico del evangelio concluye:
el mundo está gravemente herido,
pero hay esperanza.
El Médico mayor ya vino.
Y la gracia
sigue en turno de urgencias.
Desde el rincón apacible de mi alma …
Antonio Anguiano
