Había una puerta grande
hecha de banquetes y orgullo,
donde el oro reía en copas de cristal
y la púrpura caminaba como rey.
Y junto a esa puerta…
había un hombre.
Cubierto de polvo,
con el hambre escribiendo su nombre en las costillas,
y el dolor durmiendo en sus heridas.
Era Lázaro.
El mundo pasaba frente a él
como pasan los ríos frente a la piedra:
sin detenerse.
Las mesas del rico cantaban cada noche,
pero afuera
solo cantaba el viento.
Y sin embargo…
en el silencio de su miseria
Lázaro hablaba con Dios.
Nadie escuchaba sus susurros.
Pero el cielo
sí.
Una noche
la tierra cerró los ojos de aquel mendigo.
Pareció una muerte pequeña,
como una vela humilde que se apaga.
Pero entonces ocurrió el milagro invisible:
ángeles descendieron
como lluvia de luz
y levantaron su alma cansada.
El polvo quedó atrás.
Las heridas quedaron atrás.
Y el mendigo
cruzó un jardín que nunca había visto.
Allí lo esperaba Abraham,
con brazos antiguos como la promesa.
Y por primera vez
Lázaro descansó.
También murió el rico.
Pero cuando abrió los ojos
no encontró sus mesas,
ni su púrpura,
ni el ruido alegre de sus fiestas.
Solo encontró el eco de su propia sed.
Entonces levantó la mirada
y vio al mendigo
convertido en hijo del descanso.
Y comprendió demasiado tarde
que las puertas que cerramos en la tierra
pueden convertirse
en abismos en la eternidad.
Pero aún en medio de esta historia
vive una esperanza:
que mientras el corazón late
todavía hay puertas que pueden abrirse.
Todavía hay manos
que pueden repartir pan.
Todavía hay ojos
que pueden reconocer a un Lázaro en la calle.
Porque cada acto de amor
es una semilla escondida en el cielo.
Y cada gesto de misericordia
se convierte algún día
en un jardín eterno.
Así que si algún día
encuentras un Lázaro en tu camino…
no lo mires como polvo.
Tal vez estés mirando
a un futuro huésped del cielo.
Y quizá…
sin saberlo…
estés tocando
las puertas mismas de Dios.
Antonio Anguiano, Primer iglesia Bautista de Gómez Palacio, Dgo.
