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10 mayo, 2026
Juarez Al Dia
Palabras de Fe

Lázaro y el Rico; la puerta y el cielo

Había una puerta grande

hecha de banquetes y orgullo,

donde el oro reía en copas de cristal

y la púrpura caminaba como rey.

Y junto a esa puerta…

había un hombre.

Cubierto de polvo,

con el hambre escribiendo su nombre en las costillas,

y el dolor durmiendo en sus heridas.

Era Lázaro.

El mundo pasaba frente a él

como pasan los ríos frente a la piedra:

sin detenerse.

Las mesas del rico cantaban cada noche,

pero afuera

solo cantaba el viento.

Y sin embargo…

en el silencio de su miseria

Lázaro hablaba con Dios.

Nadie escuchaba sus susurros.

Pero el cielo

sí.

Una noche

la tierra cerró los ojos de aquel mendigo.

Pareció una muerte pequeña,

como una vela humilde que se apaga.

Pero entonces ocurrió el milagro invisible:

ángeles descendieron

como lluvia de luz

y levantaron su alma cansada.

El polvo quedó atrás.

Las heridas quedaron atrás.

Y el mendigo

cruzó un jardín que nunca había visto.

Allí lo esperaba Abraham,

con brazos antiguos como la promesa.

Y por primera vez

Lázaro descansó.

También murió el rico.

Pero cuando abrió los ojos

no encontró sus mesas,

ni su púrpura,

ni el ruido alegre de sus fiestas.

Solo encontró el eco de su propia sed.

Entonces levantó la mirada

y vio al mendigo

convertido en hijo del descanso.

Y comprendió demasiado tarde

que las puertas que cerramos en la tierra

pueden convertirse

en abismos en la eternidad.

Pero aún en medio de esta historia

vive una esperanza:

que mientras el corazón late

todavía hay puertas que pueden abrirse.

Todavía hay manos

que pueden repartir pan.

Todavía hay ojos

que pueden reconocer a un Lázaro en la calle.

Porque cada acto de amor

es una semilla escondida en el cielo.

Y cada gesto de misericordia

se convierte algún día

en un jardín eterno.

Así que si algún día

encuentras un Lázaro en tu camino…

no lo mires como polvo.

Tal vez estés mirando

a un futuro huésped del cielo.

Y quizá…

sin saberlo…

estés tocando

las puertas mismas de Dios.

Antonio Anguiano, Primer iglesia Bautista de Gómez Palacio, Dgo.

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