Aunque se quedó grabado en mi mente, la primera vez que escuché decir que “el momento más difícil o doloroso que estés atravesando se puede convertir en el día más feliz de tu vida”, no fue sino hasta tiempo después que comprendí y viví, lo que realmente significan esas palabras.
Con menos de 18 meses de edad, el menor de los miembros de nuestra familia empezó a dar síntomas de enfermedad, y tras dos visitas al médico, lejos de mostrar mejoría comenzó a empeorar.
Ante esa situación, prácticamente inconsciente y con la angustia de no saber qué era lo que realmente le sucedía, fue trasladado al Hospital Infantil de Especialidades, en donde de inmediato ordenó el médico que quedara internado.
Fue sometido a una serie de estudios y pruebas de laboratorio, pero no se logró identificar el problema. Solamente se supo “que había pescado un virus”, aun cuando no se pudo identificar de que tipo.
La medicación con diferentes fármacos no arrojó mejoría alguna. Dariel cada minuto que pasaba se iba debilitando más y más, por lo que hubo de ser ingresado en la unidad de cuidados intensivos.
En la UCI, había varios bebés con la misma sintomatología, y en conversaciones “no tan privadas” en las áreas comunes de espera, había comentarios de que ya un menor con los mismos síntomas había muerto sin que los especialistas hubieran podido identificar el virus que afectaba directamente la parte neurológica.
Durante la estadía de nuestro pequeño en la UCI, desafortunadamente un niño y una niña –por cierto, la bebé de padres menonitas- fallecieron.
Los médicos dieron pocas posibilidades de que “El Benjamín” de nuestra familia sobreviviera al extraño virus que, se nos dijo, afectaba su cerebro, por lo que nos informaron que de sobrevivir, podría haber secuelas neuromotoras.
(de acuerdo a la Biblia Benjamín fue el hijo menor del patriarca Jacob y Raquel. Por extensión, generalmente suele llamársele el «Benjamín» al hijo menor de una familia, aunque no sea su nombre)
Pese a los pronósticos nada alentadores, La Fe en que Dios obraría no decayó. Las oraciones de muchas personas, una buena parte de ellas desconocidas para nosotros, fortalecieron nuestra esperanza y trajeron consuelo.
En una reunión de oración familiar, nuestro hijo mayor le entregó a Dios la vida de su hijo menor, pidiéndole que se hiciera su Santa Voluntad, y recordó cuando Abraham, obedeciendo el mandato de Nuestro Padre Celestial iba a entregar a su hijo Issac en holocausto. Génesis 22.
La frase “el momento más difícil o doloroso que estés atravesando se puede convertir en el día más feliz de tu vida”, tuvo significado cuando “el Benjamín” de nuestra familia salió de la Unidad de Cuidados intensivos y una semana después del Hospital de Especialidades, pese a que los médicos habían pronosticado que permanecería semanas internado y tardaría meses en recuperar su salud.
Hoy goza de excelente salud, al igual que nuestros demás nietos, nuestros hijos y sus esposas, y como familia podemos dar testimonio de que Dios nos pone a prueba y no nos desampara, y el testimonio de ello, es que tenemos un milagro viviente en nuestra familia.
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan”? S. Mateo 7:7-11 RVR1960
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