Región del Jordán, al caer la tarde.
Hoy no cayó un imperio ni tembló la tierra, pero algo más silencioso ocurrió:
dos hombres dejaron de caminar para siempre en la misma dirección.
El testigo fue Juan, el que bautiza en el desierto,
voz gastada por el viento y los ayunos.
Señaló con el dedo —como quien entrega el corazón—
y dijo palabras que aún flotan en el aire:
“Yo lo he visto. Él es el Hijo de Dios.”
No hubo relámpagos.
Solo un hombre pasando…
y dos miradas que no pudieron apartarse de Él.
Los siguieron sin saber por qué.
No por mapas, no por promesas claras,
sino por ese tirón inexplicable que ocurre
cuando el alma reconoce su origen.
Jesús se volvió.
Nada escapa a quien…
Antonio Anguiano
